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Aquí os muestro una extraña carta localizada en unas recientes obras en una casa de Carrizosa. La persona que la envía ha querido permanecer en el anonimato y nosotros lo respetamos. La carta es estremecedora. He aquí el texto: "En la villa de Carrizosa, a siete de Diciembre de 1829. Estimado y muy querido Vicente: Te escribo estos renglones para contarte los últimos acontecimientos acaecidos en el pueblo. Ahora mismo, mientras escribo estas torpes letras, cobijado con mi viejo jergón, a la tenue luz de una vela, siento el corazón encogido, de frío y de miedo. Sé que ha regresado, sé que nadie sino tú, me va a creer, pero la bruja de la alameda, ha vuelto.
Hemos empezado el mes de Diciembre dando sepultura a nuestra común amiga Marta González García. Me consta que esta noticia ha de dolerte en el alma, pero prefiero contártela yo a que te lleguen rumores extraños. Veintiocho años tenía. Ayer, al alba, la encontró uno de los Mata, camino de su huerto. La infeliz estaba flotando en el río, con el cuello destrozado y una expresión de horror en sus ojos que no he podido olvidar. Amigo Vicente, llevábamos casi cuatro meses de tranquilidad, exactamente desde el día 25 de Agosto en que ocurrió el accidente de aquel muchacho cordobés, Miguel Granados. Supongo que tuviste noticia de aquello. El hombre salió, de noche, a dar un paseo por la alameda que discurre junto al río y el veintiséis lo enterró el padre Juan Zaragoza en el tramo cuarto de nuestro cementerio. Accidente… Con los intestinos desparramados por las ramas de tres árboles y la lengua cercenada de cuajo…. Diez días antes ocurrió la tragedia de aquella criaturilla, Fernando Rodríguez, el hijo de Juan y Vicenta González. Tres años tenía el pobrecico. El catorce se perdió en el cerro y el día de la Virgen apareció con unas heridas horribles en todo el cuerpo y llorando sin parar. No paró de llorar la criaturica hasta que se murió en los brazos de su madre, la tarde del quince. Amigo, tengo miedo, yo soy soltero y ahora las noches son largas y solitarias. Te confieso que ya creía pasado el peligro, pues, como te conté en mi última misiva, la noche de difuntos, varios hombres del pueblo, hicimos guardia por todo el ribazo, en grupos de tres y con candiles y armas de fuego. No apareció y todos pensábamos que, esta vez, se había esfumado para siempre. Pero ella siempre vuelve. El demonio se oculta entre las sombras de los árboles. Me despido encomendando mi alma al Señor y rogándote, encarecidamente, vengas al pueblo cuánto antes. Tu amigo, que te aprecia. (Ilegible)" Lo interesante de esta carta es que da nombres propios, fácilmente contrastables.
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